lunes, 6 de junio de 2011

Neiva, Reseña Histórica

NEIVA
Reseña Histórica

Por: Camilo Francisco Salas Ortiz
Presidente de la Academia Huilense de Historia

Nombre:
Varias son las hipótesis en torno al origen del nombre de Neiva.

Sostienen algunos que fue dado por los peninsulares, dada su semejanza con un lugar de Portugal,  ubicado en la parte occidental de la Provincia Viana Do Costelo, cerca de La Extremadura. Sin embargo, al parecer la palabra Neiva tiene su origen más universal: Neiva o Nieva, es el nombre de un río en la Rusia Occidental; también es el nombre de una aldea en Rusia; además, es el nombre de una aldea de Piamonte, y el nombre de un río de Portugal. Naybe, significa culebra en lengua Kuna. Dentro de las crónicas de la conquista se lee “Hubo un famoso valle cuyo señor se llamaba Neiva”; y Juan de Castellanos, el gran cronista de la Conquista huilense, escribe “al fin fueron a dar a las llanuras de Neyba que hallaron bien pobladas”. (Salas Ortiz; 1991. ).

Don Gabino Charry Gutiérrez, padre de nuestra historia, se limita a consignar: “Se le atribuye a Belalcázar el haber dado al país, el nombre de “Valle de Neyva”,  (Frutos de mi Tierra, pág.131); con ello da una pista significativa que descarta al Adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quesada,  “Descubridor del Dorado” al nombrarlo como “Valle de las tristezas”.

Según el historiador Gilberto Vargas Motta (1985), “por la semejanza con el Valle de Neyva en Santo Domingo (República Dominicana) le fue dado por los españoles este nombre a la Villa de la Limpia Concepción del Valle de Neiva.
El Valle de Neiva o del Alto Magdalena fue descubierto por el conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada quien lo apellidó Valle de las Tristezas. A los pocos meses siguientes lo visitó Sebastián de Belalcázar dándole el nombre actual. Habiendo disputado los dos conquistadores sobre el término de sus jurisdicciones, el Valle de Neiva quedó bajo el mando de Belalcázar quien ordenó al capitán Juan de Cabrera la fundación de una ciudad”.

En el “Diccionario Indio del Gran Tolima” (1952), el antropólogo y sacerdote Pedro José Ramírez Sendoya registra diversas versiones sobre el posible origen del nombre de Neiva: “río y aldea rusos; río y poblado portugueses (versión que ha tenido seguidores en nuestro departamento); vocablo Kuna y nombre geográfico de la Isla La Española” (pág.201).

 

NEIVA: TRES VECES FUNDADA.

De acuerdo con la historiografía existente, Neiva fue fundada por primera vez en un lugar ubicado cerca al municipio de Campoalegre, distante de su cabecera municipal unos cinco kilómetros; como un lugar de descanso y aprovisionamiento en medio del ardiente valle del Magdalena, dispuesto para los mercaderes que recorrían el camino que unía a Quito y Popayán con Timaná y Santafé. El sitio es conocido como Las Tapias o Neiva Viejo, según don Gabino Charry Gutiérrez, en Frutos de Mi Tierra. Fue su fundador el capitán don Juan de Cabrera, por orden de Belalcázar, quien lo envió desde Santafé con este propósito.  El 8 de diciembre de 1939, con motivo de la celebración de los 400 años de la primera fundación de Neiva, las autoridades colocaron en el sitio exacto un mojón de piedra, que se conserva. Pero como lo dice Bernardo Tovar Zambrano, “esta fundación fue efímera: al año siguiente debió ser despoblada por el mismo Cabrera, para ir en auxilio de Timaná que era asediada por los nativos. En 1546, Hernando de Benavente, acompañado por Luis Mederos, repobló a Neiva, esfuerzo que resultó igualmente infructuoso”.

El 18 de agosto de 1550, el capitán don Juan Alonso efectuó la segunda fundación, con el nombre de San Juan de Neiva, en el lugar que hoy ocupa la población de Villavieja, en dominio de los indios Totoyoes.

En 1560 se decía que “el temple de la ciudad era muy cálido y malsano; había 14 vecinos encomenderos, muy pobres, quienes habitaban casas de paja; los naturales encomendados a dichos vecinos eran pocos, de mala servidumbre e iban en disminución; las provincias que confinaban con la ciudad estaban ocupadas por los Paeces y los Pijaos, los cuales pasaban de 30.000 indios. En 1569 la ciudad fue destruida por los indios Pijaos, ataque del cual, sin embargo, logró reponerse”. (Salas Vargas, 1997).

“En 1612, don Diego de Ospina, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Limpia Concepción del Valle de Neiva, trasladó la ciudad al sitio que hoy ocupa; al antiguo poblado de San Juan de Neiva le otorgó, para distinguirlo de la nueva ciudad, el nombre de Villavieja”. (Tovar Zambrano, 1995).

Según Vargas Motta (1982), “don Diego de Ospina y Medinilla fue uno de los capitanes del Presidente Juan de Borja durante la guerra de reducción de los Pijaos. Su padre había sido el conquistador de Remedios, en el actual departamento de Antioquia, y, al igual que él, sus actividades económicas estaban fundadas en la minería y la agricultura. A él se le atribuye la introducción del cultivo de la caña de azúcar y la fabricación de azúcar y de melaza, así como  la producción, a escala comercial, de aguardiente en  su hacienda de Trapichito. En premio de la lucha contra los indígenas que impedían la integración del Nuevo Reino de Granada, el Presidente Borja designó a don Diego Gobernador de la Provincia de Neiva en 1610, por tres generaciones, es decir, para él, su hijo y su nieto, como en efecto se cumplió a lo largo del siglo XVII. La Provincia de Neiva corría desde el Macizo Colombiano hacia el norte hasta el río Saldaña en su desembocadura en el río Magdalena”.

La fundación de Neiva por parte del Gobernador de la Provincia, don Diego de Ospina y Medinilla, se cumplió  con la formalidad de la época, tal como lo expresa el Acta que se halló en el Archivo de Indias, en Sevilla, España. (Academia Huilense de Historia, 1956).

La breve existencia de Neiva en sus dos primeras fundaciones hablan de su escasa importancia. “En efecto, el poblado podría concebirse más bien como un lugar de descanso y aprovisionamiento, en medio del ardiente valle del Magdalena, dispuesto para los mercaderes que recorrían el camino que unía a Quito y Popayán con Timaná y Santafé. Sin embargo, cuando don Diego de Ospina fue designado Gobernador de la Provincia y decidió trasladar a Neiva al lugar que hoy ocupa, la ciudad se convirtió en la capital natural de la región, función que cumpliría no solo en lo político-administrativo, sino también en lo económico y social hasta los tiempos actuales”. (Salas Vargas, 1997).

TERCERA Y DEFINITIVA FUNDACIÓN DE NEIVA.

Don José Roberto Falla, en la Revista Huila, Vol. I, No. 1, de mayo de 1956, narra:

“En su real de minas de Fortalecillas aquel día, 24 de mayo de 1612, amanece don Diego de punta en blanco y más audaz y emprendedor que de costumbre. Le corresponde así por su prosapia, pues es Ospina y Medinilla y a sus honores y dignidades, porque es Justicia Mayor, Gobernador y Capitán General y Alguacil Mayor de la Real Audiencia y Cancillería del Nuevo Reino de Granada. No es para menos, porque en la fecha sí va a cumplir don Diego el empeño –que presentía de largas e históricas consecuencias- ya dicho cuando al fundar el real de minas el 23 de enero del año corriente, ha hecho constar en el auto de rigor su “protestación de fundar una ciudad siendo necesario y porque así conviene al servicio de Dios Nuestro Señor y de su Majestad”. En este día va fundarla de verdad. Todo está dispuesto: los ánimos, el escribano, los testigos, el cura, las caballerías, los arneses, las armas y los indios reducidos para dar base a la fundación.
 “No es muy letrado don Diego, pero si empujador y visionario. Hace meses tiene en el magín el   nombre de la nueva ciudad y el lugar para asentarla. El sitio ideal es el centro del Valle de las Tristezas, a orillas del Río Grande de la Magdalena que será su occidente y entre  los ríos Del Oro y Las Ceibas para ponerle al sur y al norte – de punta a punta- defensas naturales y al oriente la terraza del “Avichinte” ha de quedarle porque la cierra el contrafuerte del cerro de El Chaparro. Ya lo ha escogido don Diego que manda en peninsulares y aborígenes y su voluntad ha de respetarse, aunque le demande desenvainar la hoja acerada.
“El Gobernador y Capitán General ha madrugado y como no le falta  atuendo ni detalle alguno, pica su caballo para llegar presto al sitio ideal. Las tres horas  corrientes que han de gastarse desde Fortalecillas –donde reside hasta ahora- las convierte en una sola a la cabeza de la comitiva que cabalga al galope para no quedar a la zaga. Y ya en el cuadrado arciforme de la llanura arenosa en la cual se alzará la ciudad. Don Diego sofrena la cabalgadura, señala enérgicamente con el brazo los límites de la fundación y a buen paso los recorre como para grabarlos mejor en su memoria de colonizador y en la de su séquito. Abrevan sus caballos en las aguas del Magdalena, Del Oro y de Las Ceibas, porque se le antoja al señor de Ospina y Medinilla que ello haga parte de la previa ritualidad del empeño ambicioso que está realizando y porque es de buen agüero. Y galopa de nuevo hacia el centro de la llanura.
“Don Diego desmonta, atusa el bigote, ordena a la comitiva formar en cuadro sus caballos y que la indiada se acerque, y traza con la espada sobre la arenilla reverberante un cuadrado simbólico de la forma geométrica de la ciudad que nace, ha de declarar fundada y ha de posesionarse, todo en nombre de su Majestad el Rey Felipe. Y va a decir cómo ha de llamarse, porque lo ha pensado bien. Nada que le recuerde al Valle de las Tristezas; mejor aquel Neyva que se le ocurrió a don Sebastián de Belalcázar en 1539. Ha de llamarse “Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Neiva”. Y así fue y así será.
“Pero aún no termina las trascendental ceremonia, por faltarle requisitos. De inmediato el fundador ordena sembrar el árbol de la justicia “donde se ejecute donde se mandare por los jueces y ministros della”, lo acuchilla y lo golpea con la espada. La paz de don Diego se altera entonces, ajusta solemne la armadura, se le enrojece el rostro, el penacho del chambergo se agita con la brisa que llega del sur, y mientras el mostacho le huele a jaguar bajo la canícula, empuña agresivamente la espada y en voz alta anuncia que toma posesión del sitio y de la ciudad, y reta –en vano- a que alguien se oponga. Don Diego respira hondo, envaina la hoja y el bigote ahora le huele a gloria.
Lo ritual ha terminado. Pero ante la iglesia, porque su Majestad y todos los súbditos son católicos fervientes, y además el diablo les mete miedo. Pues ahí está el sacerdote Pedro Fernández de Dueñas, presbítero beneficiado, comisionado por la sede vacante, quien en nombre del Arzobispado del Nuevo Reino toma posesión del solarón que don Diego le adjudica; y ha llegado el presbítero Mariano Rodríguez para ser el primer párroco.
“Y agrega el fundador ante el escribano Gonzalo Navarro –porque hay que dejar constancia rigurosa-  que dará “solares a las personas que han venido y pretenden venir a esta poblazón y adelante vinieren a hacer vecindad en ella y que esta ciudad goce de las libertades, prerrogativas y privilegios que se conceden a las nuevas poblazones y pobladores dellas conforme a derecho”. Y repite que la ciudad ha de llamarse “NEIVA” en todo tiempo y “la pone debajo de la Real Corona y de la Gobernación del dicho Nuevo Reino de Granada”.
“Está fatigado don Diego y como lo de los solares ha de ser para otro día, regresa lentamente, jubiloso, al real de minas de Las Fortalecillas a meditar en su obra. A su espalda trota la comitiva. Sueltan espumas las caballerías, sudorosas al sol de verano de ese mayo que ya pertenece a la historia. El Capitán General desmonta en Fortalecillas y garboso cita para el segundo día de junio a la demarcación de la plaza y los solares de su ciudad. En este 24 de mayo de 1612 lo hecho es suficiente.
“Y lo cumple, porque el escribano deja la constancia en la diligencia auténtica:
“En dos días del mes de junio de dicho año, el dicho Gobernador Diego de Ospina, Justicia Mayor, salió del dicho real de las Fortalecillas y fue al sitio donde tiene fundada la dicha ciudad de Nuestra Señora de Concepción para dar la forma y orden y traza de la población  della y con una cabuya que hizo ir midiendo y cuadrando la plaza que ha de tener la dicha ciudad y a lo cual dio diez cabuyas que son trescientos treinta pies por cada frente y lienzo de la dicha plaza quebrada; y luego por cada lado añidió treinta y cinco pies para las calles y desta forma quedó cuadrada la dicha plaza y mandó que cada cuadra de las que fueren dando y poblando sean de la misma medida de a trescientos treinta pies quedando además desto el gueco de las calles de treinta y cinco pies de forma que cada cuadra ha de tener cuatro solares cuadrados y que cada solar a de ser de ochenta y un pies y medio conforme a la medida de dicha cabuya y esto ha de ser en cuadro; y este orden se ha de tener en el ir poblando y fundando la dicha ciudad y en el tamaño y medida de los solares que se fueren dando a los vecinos...”
Todos los que han de fundar la ciudad y acompañan al fundador tiene ya su solar, pero en este día la tarea ha sido dura y larga desde la mañana hasta ahora  que va cayendo el sol. Y don Diego, ensimismado, quiere estar íngrimo en este atardecer. Despacha, con un gesto, a señores e indios, escribano y curas, parientes y allegados y trepa lentamente a la cúspide del cerro de los Chaparros que a la fundación vigila. Contempla desde allí las estacas que distribuyen los solares, la plaza, la parcela de la iglesia.  Una nueva ciudad ha dado al Rey Felipe. Mira sus dominios de Gobernador, que se extienden desde el lejano Páramo de las Papas al sur, hasta Saldañas al norte. Los Pijaos ya no son problema y ha asegurado un franco camino de vinculación con Popayán y Quito. Y dado seguridad a los territorios de la Corona apoyando los fuertes de Timaná y La Plata.
La ciudad será grande, próspera y católica; centro promisorio de desarrollos económicos. Con la ciudad nueva la población comarcana se poblará, se cimentará el imperio colonial, habrá frutos en sus campos y ganados en las dehesas y las indiadas se tornarán mansas y salvarán su alma; el Rey tendrá más reales, quintos y patrimonio, sobre todo ahora que el sol amenaza ponerse en Flandes. Don Diego programa en detalle el futuro de su ciudad. Mañana edificará su mansión en aquel costado de la plaza, cerca de la iglesia y frente al árbol de la justicia. Como hay caña de azúcar habrá aguardiente y estancos, porque necesita rentas. Los alcaldes, cabildos y regidores serán leales y justos.
“Levántase el chambergo para alargar la visión. Al sur divisa el cerro de Curinga donde los indios bravos enterraron las campañas de la primera Neiva que soñó don Juan de Cabrera en 1539; luego al norte columbra los restos de la otra Neiva, la del capitán Juan Alonso, incendiada. No, su obra será definitiva; sin asaltos, incendios, ni traslados. Y para qué meditar más?. Los mostachos le huelen nuevamente a gloria y, mientras lo envuelve la penumbra crepuscular, se santigua y desciende del cerro al trote de su alazán –que alazán tuvo que serlo- emocionado, orgulloso y fuerte como corresponde a un Capitán que le ha ganado una batalla a la historia. Y masculla “Desde el 24 de mayo de este año de 1612 y en todo tiempo, mi ciudad ha de llamarse NEIVA” que fue y así será; don Diego”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

hola, donde puedo ubicar los textos de las batallas de los indigines contra los espanoles..???